Crecemos escuchando ciertas cosas, las hacemos, luego empezamos a creerlas, si bien nos va, algún día las cuestionamos, si no, las veneramos sin mayor motivo que la reiteración.
Si se mira con cuidado, es complicado hacer juicios -o incluso meras afirmaciones, sujetos siempre a tantos a segunes- de cualquier cosa, no se diga de lo bueno y lo malo, de la culpabilidad o la inocencia, de la libertad o la cárcel, de la vida o la muerte. Y, con todo y todo, de eso viven los abogados y es lo que se espera de ellos.
La abogacía, como cualquier arte, oficio o profesión, se aprende. Se estudia para llegar a ser, para convertirse en. Lo cual, según el consenso, se hace a través de varios caminos, aunque básicamente, a través de estudios elementales y luego universitarios y después con una constante y prolongada práctica.
Al final de cuentas, la diferencia entre un médico y un abogado es la forma de pensar, de plantear un problema y solucionarlo, de ver enfermedades o ver delitos. Así, por extraño que suene, ser abogado es pensar como abogado.
¿Cómo es que en la escuela de derecho, se enseña a los abogados a pensar como tales?
¿Es acaso a través del autoritarismo consuetudinario de los maestros, poseedores absolutos del conocimiento, receptáculos de la verdad? ¿De la humillación a los alumnos por no saber una respuesta cualquiera, como si se tratase de un mandamiento escrito en piedra? ¿De la memorización febril de los códigos, como si después de leídos fueran a desaparecer para no volver a ser vistos jamás? ¿De exámenes orales, cronometrados con campanilla que tienen la solemnidad y connotación de un patíbulo?
Entre muchos colegas existe la creencia, desviada, pero eterna y fuerte como la promesa de un cielo, de que hay que sufrir para saber, de que a través de la injusticia se llega al conocimiento de su contrario, de que hay que ser maltratado, vejado y explotado, una y otra vez, varios años seguidos para ganarse el derecho de ser –y ser considerado- un abogado, pero, lamentablemente y eso tal vez sea lo peor, de creer que pasar ese periplo da el derecho de hacerlo sufrir a otros.
Y es así como, con honrosas excepciones y no en todos los lugares, se eslabona la tradición de la enseñanza jurídica, se forma a los abogados en México.
Si se mira con cuidado, es complicado hacer juicios -o incluso meras afirmaciones, sujetos siempre a tantos a segunes- de cualquier cosa, no se diga de lo bueno y lo malo, de la culpabilidad o la inocencia, de la libertad o la cárcel, de la vida o la muerte. Y, con todo y todo, de eso viven los abogados y es lo que se espera de ellos.
La abogacía, como cualquier arte, oficio o profesión, se aprende. Se estudia para llegar a ser, para convertirse en. Lo cual, según el consenso, se hace a través de varios caminos, aunque básicamente, a través de estudios elementales y luego universitarios y después con una constante y prolongada práctica.
Al final de cuentas, la diferencia entre un médico y un abogado es la forma de pensar, de plantear un problema y solucionarlo, de ver enfermedades o ver delitos. Así, por extraño que suene, ser abogado es pensar como abogado.
¿Cómo es que en la escuela de derecho, se enseña a los abogados a pensar como tales?
¿Es acaso a través del autoritarismo consuetudinario de los maestros, poseedores absolutos del conocimiento, receptáculos de la verdad? ¿De la humillación a los alumnos por no saber una respuesta cualquiera, como si se tratase de un mandamiento escrito en piedra? ¿De la memorización febril de los códigos, como si después de leídos fueran a desaparecer para no volver a ser vistos jamás? ¿De exámenes orales, cronometrados con campanilla que tienen la solemnidad y connotación de un patíbulo?
Entre muchos colegas existe la creencia, desviada, pero eterna y fuerte como la promesa de un cielo, de que hay que sufrir para saber, de que a través de la injusticia se llega al conocimiento de su contrario, de que hay que ser maltratado, vejado y explotado, una y otra vez, varios años seguidos para ganarse el derecho de ser –y ser considerado- un abogado, pero, lamentablemente y eso tal vez sea lo peor, de creer que pasar ese periplo da el derecho de hacerlo sufrir a otros.
Y es así como, con honrosas excepciones y no en todos los lugares, se eslabona la tradición de la enseñanza jurídica, se forma a los abogados en México.


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