viernes, 10 de julio de 2009

FOTOS CELULAR C. U.
























































FÚTBOL (COINCIDENCIAS)

El deporte es un estilo de vida -y una forma de explotar las vidas de otros-, de estar saludable, de distraerse, de embrutecerse, de atiborrar páginas en los periódicos y, por qué no, de vez en cuando hacer lo propio en este blog…
El fútbol en otros países es una barra más de color en la televisión, otra curva pintada del arcoíris atlético. En México no es así, la especie es el género, el todo es la parte. El deporte nacional se limita al ‘fucho’, y eso no es lo peor, porque cuando juega el tricolor, el país cabe en la cancha.
Eso hace que sea fácil tomar al 'calcio' como laboratorio de la patria, como patria chiquita, para hacer deducciones sencillas, obtener conclusiones a la medida y ejercitar otras formas de sapiencia cafetera. Pero bueno, no por fácil necesariamente es algo equivocado, y menos en nuestros días, pues parece que, en efecto, cabe más de una analogía.
Los últimos resultados de la sele van en sintonía de con los de Meji, como cualquiera puede advertir: no hay entendimiento, sobran los pretextos, la grilla devora, la administración es un desastre, el narco amenaza, otros países nos rebasan, bla bla bla, estancamiento, corrupción, bla bla bla, ‘falta de mística’, mediocridad, mediocridad.
Así está la cosa. Hoy en día, ver los partidos de la selección de fútbol que nos representa es una pérdida de tiempo y una pérdida de confianza en la humanidad, justo lo que pasa con los partidos políticos que también (tan mal) nos representan.
Ahí no acaba la comparación, podría seguir y decir, por ejemplo, que el aficionado es defraudado, y no hace nada, que el ciudadano tampoco, que las televisoras quitan y ponen aquí, quitan y ponen allá… Sin embargo, más que desmenuzar esas incidencias, quiero enfatizar su dimensión de evidencias, de torceduras del espacio que hacen saber que por ahí anda un hoyo negro que se traga todo, que los terribles performances políticos y deportivos (futboleros, según lo dicho) son muestras claras de problemas turbios (el dinero fácil por delante del trabajo, el poder a costa de lo demás), actuaciones que no son casuales, ni trozos de mala suerte, son muestras de lo mal que se hacen las cosas, para que el Salvador humille al ‘tri’, para que Haití tenga un crecimiento del PIB mayor que México.

jueves, 9 de julio de 2009

VIVE MÉXICO (LA INOPERANCIA)

Estoy confundido, en la televisión los anuncios son seductores, los viajantes son felices, los turistas radiantes, los lugareños cálidos, la música… entonces, si a todos nos gusta viajar, si se desea, si es fácil fijar un destino, preparar un itinerario, cuál es el problema, porqué se ha desplomado el turismo nacional, mmm, se me olvidaba, es por el biyeye.
Lo malo del asunto, es que al parecer no sólo yo pasé por alto eso de tener dinero para las vacaciones, el gobierno también.
Una de las medidas del régimen para ‘reactivar’ el turismo, ha sido mostrar a los mexicanos que vive México, que sí, hubo un día siguiente después de la pandemia del fin del mundo. Ahí están las playas soleadas, las ciudades coloniales, los pueblos mágicos, las montañas y las aventuras.
Es absurdo contrarrestar el problema de la caída del turismo a través de los ‘espots’, como si el problema fuera de promoción, como si no supiéramos que los lugares están ahí. Una vez más la administración hace que resuelve los problemas nacionales; hacer como que hace, ese ha sido el sello de estos últimos años, su línea a seguir: hacer como que se combate a la delincuencia, hacer como que se erradica la pobreza, que se respetan los derechos, la legalidad, la democracia.
Esto del vive México es otro ejemplo de simulación, del mejor ejercicio de la administración telecrática, la apuesta de nuestros días: la virtualidad contrarresta la realidad, la contiene, la moldea, la niega. El problema del turismo es el desastre de la economía, el fracaso del modelo, la ruina del campo, la nulidad de la industria, la dependencia del vecino… No hay dinero para medio vivir, menos para viajar.
La ineficacia de la gobernanza explica el poder de las televisoras: sin el sabor del edulcorante, la visión de papel estaño, el perfume y el brebaje qué queda sino la crudeza de la realidad, qué alternativa existe para el régimen sino depender de la morfina del ‘espot’ o el noticiario para acallar el dolor que no se sabe, no se puede o no se quiere solucionar.

Inmensomar (mi esposa)

Inmensomar,
te bañaste en sal
para nunca más
usar perfume

Inmensomar,
no permitas recuerdos
sólo sentimientos
en dorado y verde

Inmensomar,
abraza el cielo
aunque no compartas
sus azules.

LA ENSEÑANZA DEL DERECHO (LA LETRA CON SANGRE ENTRA)

Crecemos escuchando ciertas cosas, las hacemos, luego empezamos a creerlas, si bien nos va, algún día las cuestionamos, si no, las veneramos sin mayor motivo que la reiteración.
Si se mira con cuidado, es complicado hacer juicios -o incluso meras afirmaciones, sujetos siempre a tantos a segunes- de cualquier cosa, no se diga de lo bueno y lo malo, de la culpabilidad o la inocencia, de la libertad o la cárcel, de la vida o la muerte. Y, con todo y todo, de eso viven los abogados y es lo que se espera de ellos.
La abogacía, como cualquier arte, oficio o profesión, se aprende. Se estudia para llegar a ser, para convertirse en. Lo cual, según el consenso, se hace a través de varios caminos, aunque básicamente, a través de estudios elementales y luego universitarios y después con una constante y prolongada práctica.
Al final de cuentas, la diferencia entre un médico y un abogado es la forma de pensar, de plantear un problema y solucionarlo, de ver enfermedades o ver delitos. Así, por extraño que suene, ser abogado es pensar como abogado.
¿Cómo es que en la escuela de derecho, se enseña a los abogados a pensar como tales?
¿Es acaso a través del autoritarismo consuetudinario de los maestros, poseedores absolutos del conocimiento, receptáculos de la verdad? ¿De la humillación a los alumnos por no saber una respuesta cualquiera, como si se tratase de un mandamiento escrito en piedra? ¿De la memorización febril de los códigos, como si después de leídos fueran a desaparecer para no volver a ser vistos jamás? ¿De exámenes orales, cronometrados con campanilla que tienen la solemnidad y connotación de un patíbulo?
Entre muchos colegas existe la creencia, desviada, pero eterna y fuerte como la promesa de un cielo, de que hay que sufrir para saber, de que a través de la injusticia se llega al conocimiento de su contrario, de que hay que ser maltratado, vejado y explotado, una y otra vez, varios años seguidos para ganarse el derecho de ser –y ser considerado- un abogado, pero, lamentablemente y eso tal vez sea lo peor, de creer que pasar ese periplo da el derecho de hacerlo sufrir a otros.
Y es así como, con honrosas excepciones y no en todos los lugares, se eslabona la tradición de la enseñanza jurídica, se forma a los abogados en México.

LAS REJAS (LA LEGITIMIDAD)

No las recuerdo en la infancia, en los desfiles de septiembre o las calles atestadas de diciembre. Y sin embargo, día tras día ahí están, como un recordatorio que contradice la memoria, como un mobiliario urbano más, que desentona.
Las rejas se han vuelto habituales, cotidianas como los puestos de jugos o periódicos, la gente va, anda, corre, viene, pasa junto a ellas cuando están apiladas, como con los puestos, pero a diferencia de éstos, no cumplen una función para la gente, sino en su contra, su función es estorbarlas, obstruirles el paso, arrearlas como ganado.
A veces se despliegan a todo lo largo y ancho del primer cuadro y aun más, cuando no, invariablemente están frente a Palacio Nacional y la Suprema Corte, ahí no se molestan en apearlas, diario están juntas en valla, la diferencia radica en cuándo hacen de muro y cuándo de embudo.
Tal vez sea injusto hablar así de las rejas, puede ser que a mucha gente no le importen, incluso a los que no frecuentan el Zócalo ni siquiera les afecten, o mejor aún, sepan de su existencia. Pero eso no cambia las cosas, no altera la razón de su presencia.
¿Por qué las rejas se han institucionalizado en el asiento de los Poderes del Estado, por qué disuaden el tránsito de las personas en torno a esos puntos neurálgicos, por qué restringen su acceso?
La respuesta más obvia sería que es en virtud de las protestas, pero las protestas no son diarias y las rejas sí. Entonces, ¿es por la amenaza inminente de protestas diarias? ¿Acaso hay tantas cosas por las cuales protestar en este país y tanta gente interesada en hacerlo? ¿O hay otra explicación?
La causa de que las rejas estén ahí, con gente, sin gente, con protestas y sin ellas obedece a una necesidad de seguridad adicional de las autoridades, que no es tanto física, sino psicológica. Los titulares de los poderes del Estado tienen miedo del escándalo, de que ‘les metan un gol’, de que en cualquier momento ‘alguien’, ‘cualquiera’, interrumpa su calma funcional, que la gente los tome de rehenes y les impida salir en sus autos blindados o incomoden a sus guardaespaldas, por eso, prefieren evitarse la molestia tomando precauciones, molestando primero, obstaculizando primero, cercando primero.
Paradójicamente, las autoridades temen ser aisladas por manifestantes –reales o imaginarios- y para evitarlo, para protegerse, para seguir intocables, se aíslan a sí mismas.
Las rejas en los edificios de los Poderes de la Unión son la expresión de una fobia social, expresión de que sus titulares temen las acciones y reacciones de la gente, ‘de su impacto mediático’; las rejas son una medida preventiva de la disensión, tan visionaria que nunca se va, porque se sabe que, tarde o temprano, volverá a ser necesaria. Las rejas –y los policías que suelen acompañarlas, no hay que perder de vista ese detalle- son una forma de represión simulada, de bajo impacto: sin motivo expreso, fundamento manifiesto ni orden escrita transgreden el espacio público, restringen la libertad de tránsito, modulan el ejercicio de la libertad de expresión y advierten a los transeúntes, a los manifestantes, a los ciudadanos.
Son un alarde de quién manda, sin necesidad de justificar por qué.

martes, 7 de julio de 2009

PERVERSIDAD (LOS NIÑOS QUEMADOS)

No hay otra palabra. 48 niños muertos de manera horrible, 48 niños muertos, otros tantos, quién sabe cuántos, mutilados, víctimas de todas las circunstancias.
No es verdad que cuando la chispa brotó, la suerte estaba echada, eso no es cierto, la suerte estaba echada desde antes… los niños estaban para morirse.
No fue sólo el incendio, el incendio fue la causa de sus muertes, sí, pero el siniestro fue el efecto, la consecuencia de causas menos luminiscentes, engendradoras por igual de la desgracia.
Es intrigante pensar qué hubiera pasado si tal día en vez del pie derecho, se iniciase con el izquierdo, si al doblar la esquina en vez de saludar al conocido, se siguiese de frente ¿Cómo es que eso hubiese cambiado el curso de los acontecimientos, cómo podrían incidir esos detalles, esos cambios de dirección en encontrar un amor, ganar una partida, en el conjunto de una vida?
Sin embargo, un pie o un saludo no hubieran cambiado a todos los niños de la muerte a la vida, otros factores, encima de ellos, encima de sus padres, se juntaron como un puño y destrozaron sus esperanzas.
Cómo podrían un pie o un saludo conjurar las deficiencias de las medidas de seguridad, salvar la negligencia de los inspectores, evitar los compadrazgos para la asignación de las guarderías, castigar la ineptitud de los funcionarios, alterar la corrupción de un sistema político, cambiar la dejadez de la sociedad, abatir la avaricia de los dueños, garantizar la justicia de los indefensos, conmover el dogmatismo neoliberal, redimir la pobreza de sus padres, imbuir honradez en las conciencias, invertir la ignorancia…
Sí, negligencia, compadrazgo, ineptitud, corrupción, dejadez, avaricia, injusticia, dogmatismo, pobreza, deshonra, ignorancia, esas y otras son las causas que se encuentran detrás del incendio, esas y otras chispas también lo crearon, lo avivaron, esas y otras flamas consumieron a los niños.
Un pie o un saludo hubieran, o incluso, salvaron a un niño de morir en el incendio o sufrir en él, tal vez el pie o el saludo hicieron que su madre se retrasara, no alcanzara el pesero, llegara tarde a la guardería… Pero otros niños fueron abrasados por la perversidad de las circunstancias creadas que están más allá y más acá de la suerte, que están ahí para que la tragedia pase, que están en las entrañas y el paisaje del país, que son tan perennes y constantes como las montañas pelonas y las polvaredas de los barrios.
Y ese niño que se salvó por suerte, mañana puede ser abandonado por ella, y verse alcanzado por la perversidad de las circunstancias creadas, y abandonar la escuela por falta de dinero, enfermar por exceso de chatarra, apretar tuercas sin futuro, cruzar el desierto, procrear a los 17, drogarse, engrosar las filas de los sicarios, caer mañana, quemarse después.
Esas circunstancias, -con nombres y apellidos ocultos, ocultados, prófugos, apeados a la simulación, la desmemoria, el tedio y el cinismo- estuvieron ahí, están aquí, estarán en otras partes, para cuando la chispa, la bala, el choque, la enfermedad hagan su pequeña parte en otra obra trágica, más trágica por ser evitable… en un país que fuera diferente.

lunes, 6 de julio de 2009

LOS MENORES INFRACTORES


Pues sí, México es un país de leyes: unas buenas, otras malas y muchas, malhechas. Demos crédito a los legisladores, no es una tarea fácil prever en unos cuantos artículos todas las posibles combinaciones que en el día a día, con cada persona y en toda las vidas pueden realizarse. Seamos permisivos con ellos, en verdad hay casos imprevisibles que escapan a sus ingeniosas redacciones normativas, pues lo que hasta hace diez años era un sueño, mañana será el juguete de moda de los niños; son muchos los ejemplos que nos brinda la tecnología. Sin embargo, ninguno de ellos es motivo de estas líneas, al contrario, están dedicadas a la falta de sentido común.

Desde tiempos antiguos no se ha sabido qué hacer con los adolescentes, menos aun con los criminales. Las primeras leyes nacionales los trataban como enfermos o huérfanos y unas más recientes como necesitados de tutela, como medias personas que delinquen porque no saben lo que hacen. Esto último, implicó que no se les “estigmatizara” como delincuentes, sin embargo, tuvo la consecuencia desfavorable de que no se les otorgaran las garantías constitucionales contempladas a favor de cualquier otro inculpado mayor de edad.

Con el avance del siglo XX, la corriente internacional fue en el sentido de considerar a los adolescentes como sujetos delictivos en un sentido más estricto (por citar algunas, la Convención de los Derechos del Niños y las Directrices de RIAD para Menores Infractores), lo que implicó asignarles responsabilidad penal (darles un trato ya no de inimputables, sino de delincuentes) y, en esa medida, garantizarles derechos oponibles al Estado como ente acusador e instructor en el proceso. Esa tendencia internacional se cristalizó en México con la reforma al artículo 18 constitucional de 12 de diciembre de 2005.

En virtud de esa reforma, se estableció un sistema de justicia integral para adolescentes, lo que equivale a decir que se implementó a favor de los delincuentes menores de edad una serie de garantías individuales a su favor, tanto en el ámbito de las medidas especiales para su orientación, protección y tratamiento necesarios para su reinserción social, como para que fueran juzgados por tribunales formal y materialmente judiciales (y no de carácter tutelar, como el Consejo de Menores dependiente de la Secretaría de Seguridad Pública Federal, situación que implica que el Poder Ejecutivo sea a través de diversos órganos, acusador, juez y parte en el trámite) y se respeten sus garantías individuales, especialmente la del debido proceso.

Sin embargo, hubo un problema...

En los artículos transitorios de esa reforma constitucional (los transitorios son de vida breve e ideados para facilitar la implementación de la nueva normatividad) se establecieron una serie de plazos para que los Estados realizaran los ajustes legales e institucionales necesarios para que entrara en funcionamiento la señalada reforma al artículo 18, plazos que en total expiraron el 12 de septiembre de 2006. Pero, en esos transitorios hubo dos omisiones: no se estableció plazo alguno para la Federación y no se previó qué hacer en caso de que los Estados no respetaran esos plazos, y, peor aún, no implementaran la reforma en sus territorios (los casos más extremos han sido el Distrito Federal, en donde hasta apenas en octubre de 2008 se implementó el sistema y el de Guerrero, que todavía no cuenta con el suyo, sin perder de vista que la Federación tampoco ha movido un dedo al respecto).

En virtud de esas omisiones legislativas, existe una severa inseguridad jurídica y se han generado graves consecuencias individuales, sociales e institucionales.

Si un menor asesina, viola, roba, trafica armas o droga, etcétera, en un Estado que una vez transcurridos los plazos constitucionales no hubiese implementado el sistema de justicia integral para adolescentes y era (o es, como en Guerrero) juzgado por el consejo de menores federal o local, ese menor recurriría (como un sinnúmero de ellos lo ha hecho) a la protección de la justicia federal vía amparo alegando que se vulneraron en su perjuicio las garantías establecidas a su favor en el artículo 18 constitucional, poniendo al juez federal en un predicamento: si ampara, deja libre a un probable delincuente por cuestiones de forma y no de fondo (relativas a si en efecto es culpable o inocente), si condena se desentiende de su función de garante de la Constitución.

Esta problemática, fue ya del conocimiento de la Suprema Corte en una contradicción de tesis (44/2007-PS, fallada el12 de marzo de 2008), en donde se reiteró que los menores sólo pueden ser juzgados por autoridades formal y materialmente judiciales (criterio sostenido con antelación en la acción de inconstitucionalidad 37/2006, de 22 de noviembre de 2007), lo que acarrearía la liberación de los adolescentes juzgados por el Consejo de Menores. Sin embargo, a la fecha los tribunales federales se han resistido a acatar el criterio de la Corte, antes han insistido en negar la libertad a los adolescentes, lo que ha dado lugar a un desacato de facto de esos tribunales y nuevas sentencias contradictorias, que ha derivado en otras dos contradicciones de tesis pendientes de resolver por el Pleno de la Corte para fijar –por tercera vez- el criterio que debe prevalecer al respecto.

Mientras, se puede ver con regularidad a los padres de los menores recluidos deambulando en los pasillos de la Corte, preguntando a diversos funcionarios cuándo se resolverán las contradicciones de tesis de las que depende si se deja o no en libertad a sus hijos, que de ser lo primero, qué alivio para ellos y qué tragedia para las víctimas de los delitos que verían cómo los culpables son liberados por la ineptitud y abulia de los legisladores.

Entretanto, los ministros de la Corte no se han pronunciado, de nuevo, sobre la cuestión, tal vez porque están esperando la reforma de los artículos transitorios de la reforma –sí, leyó usted bien, reforma de la reforma- al artículo 18 constitucional, en virtud de la cual el “Constituyente Permanente” pretende subsanar las omisiones señaladas. Esa reforma aun está pendiente de aprobarse por las legislaturas de los Estados.

No obstante, el daño está hecho: los menores a los que se les ha otorgado el amparo federal siguen presos en virtud del ilegal incumplimiento de las sentencias correspondientes, sus padres, expectantes del pronunciamiento de la Corte, en la zozobra y el desgaste, los tribunales federales, en desobediencia velada de la jurisprudencia obligatoria de la Corte, ésta, tolerando esa situación para evitar el “costo político” de su resolución, las víctimas de los delitos cometidos por los adolescentes, ante la posibilidad de que sus victimarios pudieran alcanzar la libertad por cuestiones de forma…

Persiste una amenaza latente y muchas interrogantes:

¿Habrá que esperar a que el crimen organizado explote esas lagunas legales, que reclute adolescentes en Guerrero como estrategia de impunidad ejecutada por sus abogados?
¿Cómo es que las autoridades ejecutivas y legislativas son indiferentes a ese riesgo? ¿Por qué no se le ha dado tratamiento mediático alguno a esta problemática que pone en evidencia las carencias institucionales y profesionales de las autoridades?
¿Es porque los involucrados son pobres, jóvenes, desconocidos y merecedores de una justicia de segunda, ineficiente, lenta y absurda?
¿Es acaso porque nadie quiere cargar con el “muertito” del yerro legislativo?