domingo, 12 de julio de 2009
viernes, 10 de julio de 2009
FÚTBOL (COINCIDENCIAS)
El deporte es un estilo de vida -y una forma de explotar las vidas de otros-, de estar saludable, de distraerse, de embrutecerse, de atiborrar páginas en los periódicos y, por qué no, de vez en cuando hacer lo propio en este blog…
El fútbol en otros países es una barra más de color en la televisión, otra curva pintada del arcoíris atlético. En México no es así, la especie es el género, el todo es la parte. El deporte nacional se limita al ‘fucho’, y eso no es lo peor, porque cuando juega el tricolor, el país cabe en la cancha.
Eso hace que sea fácil tomar al 'calcio' como laboratorio de la patria, como patria chiquita, para hacer deducciones sencillas, obtener conclusiones a la medida y ejercitar otras formas de sapiencia cafetera. Pero bueno, no por fácil necesariamente es algo equivocado, y menos en nuestros días, pues parece que, en efecto, cabe más de una analogía.
Los últimos resultados de la sele van en sintonía de con los de Meji, como cualquiera puede advertir: no hay entendimiento, sobran los pretextos, la grilla devora, la administración es un desastre, el narco amenaza, otros países nos rebasan, bla bla bla, estancamiento, corrupción, bla bla bla, ‘falta de mística’, mediocridad, mediocridad.
Así está la cosa. Hoy en día, ver los partidos de la selección de fútbol que nos representa es una pérdida de tiempo y una pérdida de confianza en la humanidad, justo lo que pasa con los partidos políticos que también (tan mal) nos representan.
Ahí no acaba la comparación, podría seguir y decir, por ejemplo, que el aficionado es defraudado, y no hace nada, que el ciudadano tampoco, que las televisoras quitan y ponen aquí, quitan y ponen allá… Sin embargo, más que desmenuzar esas incidencias, quiero enfatizar su dimensión de evidencias, de torceduras del espacio que hacen saber que por ahí anda un hoyo negro que se traga todo, que los terribles performances políticos y deportivos (futboleros, según lo dicho) son muestras claras de problemas turbios (el dinero fácil por delante del trabajo, el poder a costa de lo demás), actuaciones que no son casuales, ni trozos de mala suerte, son muestras de lo mal que se hacen las cosas, para que el Salvador humille al ‘tri’, para que Haití tenga un crecimiento del PIB mayor que México.
El fútbol en otros países es una barra más de color en la televisión, otra curva pintada del arcoíris atlético. En México no es así, la especie es el género, el todo es la parte. El deporte nacional se limita al ‘fucho’, y eso no es lo peor, porque cuando juega el tricolor, el país cabe en la cancha.
Eso hace que sea fácil tomar al 'calcio' como laboratorio de la patria, como patria chiquita, para hacer deducciones sencillas, obtener conclusiones a la medida y ejercitar otras formas de sapiencia cafetera. Pero bueno, no por fácil necesariamente es algo equivocado, y menos en nuestros días, pues parece que, en efecto, cabe más de una analogía.
Los últimos resultados de la sele van en sintonía de con los de Meji, como cualquiera puede advertir: no hay entendimiento, sobran los pretextos, la grilla devora, la administración es un desastre, el narco amenaza, otros países nos rebasan, bla bla bla, estancamiento, corrupción, bla bla bla, ‘falta de mística’, mediocridad, mediocridad.
Así está la cosa. Hoy en día, ver los partidos de la selección de fútbol que nos representa es una pérdida de tiempo y una pérdida de confianza en la humanidad, justo lo que pasa con los partidos políticos que también (tan mal) nos representan.
Ahí no acaba la comparación, podría seguir y decir, por ejemplo, que el aficionado es defraudado, y no hace nada, que el ciudadano tampoco, que las televisoras quitan y ponen aquí, quitan y ponen allá… Sin embargo, más que desmenuzar esas incidencias, quiero enfatizar su dimensión de evidencias, de torceduras del espacio que hacen saber que por ahí anda un hoyo negro que se traga todo, que los terribles performances políticos y deportivos (futboleros, según lo dicho) son muestras claras de problemas turbios (el dinero fácil por delante del trabajo, el poder a costa de lo demás), actuaciones que no son casuales, ni trozos de mala suerte, son muestras de lo mal que se hacen las cosas, para que el Salvador humille al ‘tri’, para que Haití tenga un crecimiento del PIB mayor que México.
jueves, 9 de julio de 2009
VIVE MÉXICO (LA INOPERANCIA)
Estoy confundido, en la televisión los anuncios son seductores, los viajantes son felices, los turistas radiantes, los lugareños cálidos, la música… entonces, si a todos nos gusta viajar, si se desea, si es fácil fijar un destino, preparar un itinerario, cuál es el problema, porqué se ha desplomado el turismo nacional, mmm, se me olvidaba, es por el biyeye.
Lo malo del asunto, es que al parecer no sólo yo pasé por alto eso de tener dinero para las vacaciones, el gobierno también.
Una de las medidas del régimen para ‘reactivar’ el turismo, ha sido mostrar a los mexicanos que vive México, que sí, hubo un día siguiente después de la pandemia del fin del mundo. Ahí están las playas soleadas, las ciudades coloniales, los pueblos mágicos, las montañas y las aventuras.
Es absurdo contrarrestar el problema de la caída del turismo a través de los ‘espots’, como si el problema fuera de promoción, como si no supiéramos que los lugares están ahí. Una vez más la administración hace que resuelve los problemas nacionales; hacer como que hace, ese ha sido el sello de estos últimos años, su línea a seguir: hacer como que se combate a la delincuencia, hacer como que se erradica la pobreza, que se respetan los derechos, la legalidad, la democracia.
Esto del vive México es otro ejemplo de simulación, del mejor ejercicio de la administración telecrática, la apuesta de nuestros días: la virtualidad contrarresta la realidad, la contiene, la moldea, la niega. El problema del turismo es el desastre de la economía, el fracaso del modelo, la ruina del campo, la nulidad de la industria, la dependencia del vecino… No hay dinero para medio vivir, menos para viajar.
La ineficacia de la gobernanza explica el poder de las televisoras: sin el sabor del edulcorante, la visión de papel estaño, el perfume y el brebaje qué queda sino la crudeza de la realidad, qué alternativa existe para el régimen sino depender de la morfina del ‘espot’ o el noticiario para acallar el dolor que no se sabe, no se puede o no se quiere solucionar.
Lo malo del asunto, es que al parecer no sólo yo pasé por alto eso de tener dinero para las vacaciones, el gobierno también.
Una de las medidas del régimen para ‘reactivar’ el turismo, ha sido mostrar a los mexicanos que vive México, que sí, hubo un día siguiente después de la pandemia del fin del mundo. Ahí están las playas soleadas, las ciudades coloniales, los pueblos mágicos, las montañas y las aventuras.
Es absurdo contrarrestar el problema de la caída del turismo a través de los ‘espots’, como si el problema fuera de promoción, como si no supiéramos que los lugares están ahí. Una vez más la administración hace que resuelve los problemas nacionales; hacer como que hace, ese ha sido el sello de estos últimos años, su línea a seguir: hacer como que se combate a la delincuencia, hacer como que se erradica la pobreza, que se respetan los derechos, la legalidad, la democracia.
Esto del vive México es otro ejemplo de simulación, del mejor ejercicio de la administración telecrática, la apuesta de nuestros días: la virtualidad contrarresta la realidad, la contiene, la moldea, la niega. El problema del turismo es el desastre de la economía, el fracaso del modelo, la ruina del campo, la nulidad de la industria, la dependencia del vecino… No hay dinero para medio vivir, menos para viajar.
La ineficacia de la gobernanza explica el poder de las televisoras: sin el sabor del edulcorante, la visión de papel estaño, el perfume y el brebaje qué queda sino la crudeza de la realidad, qué alternativa existe para el régimen sino depender de la morfina del ‘espot’ o el noticiario para acallar el dolor que no se sabe, no se puede o no se quiere solucionar.
Inmensomar (mi esposa)
Inmensomar,
te bañaste en sal
para nunca más
usar perfume
Inmensomar,
no permitas recuerdos
sólo sentimientos
en dorado y verde
Inmensomar,
abraza el cielo
aunque no compartas
sus azules.
te bañaste en sal
para nunca más
usar perfume
Inmensomar,
no permitas recuerdos
sólo sentimientos
en dorado y verde
Inmensomar,
abraza el cielo
aunque no compartas
sus azules.
LA ENSEÑANZA DEL DERECHO (LA LETRA CON SANGRE ENTRA)
Crecemos escuchando ciertas cosas, las hacemos, luego empezamos a creerlas, si bien nos va, algún día las cuestionamos, si no, las veneramos sin mayor motivo que la reiteración.
Si se mira con cuidado, es complicado hacer juicios -o incluso meras afirmaciones, sujetos siempre a tantos a segunes- de cualquier cosa, no se diga de lo bueno y lo malo, de la culpabilidad o la inocencia, de la libertad o la cárcel, de la vida o la muerte. Y, con todo y todo, de eso viven los abogados y es lo que se espera de ellos.
La abogacía, como cualquier arte, oficio o profesión, se aprende. Se estudia para llegar a ser, para convertirse en. Lo cual, según el consenso, se hace a través de varios caminos, aunque básicamente, a través de estudios elementales y luego universitarios y después con una constante y prolongada práctica.
Al final de cuentas, la diferencia entre un médico y un abogado es la forma de pensar, de plantear un problema y solucionarlo, de ver enfermedades o ver delitos. Así, por extraño que suene, ser abogado es pensar como abogado.
¿Cómo es que en la escuela de derecho, se enseña a los abogados a pensar como tales?
¿Es acaso a través del autoritarismo consuetudinario de los maestros, poseedores absolutos del conocimiento, receptáculos de la verdad? ¿De la humillación a los alumnos por no saber una respuesta cualquiera, como si se tratase de un mandamiento escrito en piedra? ¿De la memorización febril de los códigos, como si después de leídos fueran a desaparecer para no volver a ser vistos jamás? ¿De exámenes orales, cronometrados con campanilla que tienen la solemnidad y connotación de un patíbulo?
Entre muchos colegas existe la creencia, desviada, pero eterna y fuerte como la promesa de un cielo, de que hay que sufrir para saber, de que a través de la injusticia se llega al conocimiento de su contrario, de que hay que ser maltratado, vejado y explotado, una y otra vez, varios años seguidos para ganarse el derecho de ser –y ser considerado- un abogado, pero, lamentablemente y eso tal vez sea lo peor, de creer que pasar ese periplo da el derecho de hacerlo sufrir a otros.
Y es así como, con honrosas excepciones y no en todos los lugares, se eslabona la tradición de la enseñanza jurídica, se forma a los abogados en México.
Si se mira con cuidado, es complicado hacer juicios -o incluso meras afirmaciones, sujetos siempre a tantos a segunes- de cualquier cosa, no se diga de lo bueno y lo malo, de la culpabilidad o la inocencia, de la libertad o la cárcel, de la vida o la muerte. Y, con todo y todo, de eso viven los abogados y es lo que se espera de ellos.
La abogacía, como cualquier arte, oficio o profesión, se aprende. Se estudia para llegar a ser, para convertirse en. Lo cual, según el consenso, se hace a través de varios caminos, aunque básicamente, a través de estudios elementales y luego universitarios y después con una constante y prolongada práctica.
Al final de cuentas, la diferencia entre un médico y un abogado es la forma de pensar, de plantear un problema y solucionarlo, de ver enfermedades o ver delitos. Así, por extraño que suene, ser abogado es pensar como abogado.
¿Cómo es que en la escuela de derecho, se enseña a los abogados a pensar como tales?
¿Es acaso a través del autoritarismo consuetudinario de los maestros, poseedores absolutos del conocimiento, receptáculos de la verdad? ¿De la humillación a los alumnos por no saber una respuesta cualquiera, como si se tratase de un mandamiento escrito en piedra? ¿De la memorización febril de los códigos, como si después de leídos fueran a desaparecer para no volver a ser vistos jamás? ¿De exámenes orales, cronometrados con campanilla que tienen la solemnidad y connotación de un patíbulo?
Entre muchos colegas existe la creencia, desviada, pero eterna y fuerte como la promesa de un cielo, de que hay que sufrir para saber, de que a través de la injusticia se llega al conocimiento de su contrario, de que hay que ser maltratado, vejado y explotado, una y otra vez, varios años seguidos para ganarse el derecho de ser –y ser considerado- un abogado, pero, lamentablemente y eso tal vez sea lo peor, de creer que pasar ese periplo da el derecho de hacerlo sufrir a otros.
Y es así como, con honrosas excepciones y no en todos los lugares, se eslabona la tradición de la enseñanza jurídica, se forma a los abogados en México.
LAS REJAS (LA LEGITIMIDAD)
No las recuerdo en la infancia, en los desfiles de septiembre o las calles atestadas de diciembre. Y sin embargo, día tras día ahí están, como un recordatorio que contradice la memoria, como un mobiliario urbano más, que desentona.Las rejas se han vuelto habituales, cotidianas como los puestos de jugos o periódicos, la gente va, anda, corre, viene, pasa junto a ellas cuando están apiladas, como con los puestos, pero a diferencia de éstos, no cumplen una función para la gente, sino en su contra, su función es estorbarlas, obstruirles el paso, arrearlas como ganado.
A veces se despliegan a todo lo largo y ancho del primer cuadro y aun más, cuando no, invariablemente están frente a Palacio Nacional y la Suprema Corte, ahí no se molestan en apearlas, diario están juntas en valla, la diferencia radica en cuándo hacen de muro y cuándo de embudo.
Tal vez sea injusto hablar así de las rejas, puede ser que a mucha gente no le importen, incluso a los que no frecuentan el Zócalo ni siquiera les afecten, o mejor aún, sepan de su existencia. Pero eso no cambia las cosas, no altera la razón de su presencia.
¿Por qué las rejas se han institucionalizado en el asiento de los Poderes del Estado, por qué disuaden el tránsito de las personas en torno a esos puntos neurálgicos, por qué restringen su acceso?

La respuesta más obvia sería que es en virtud de las protestas, pero las protestas no son diarias y las rejas sí. Entonces, ¿es por la amenaza inminente de protestas diarias? ¿Acaso hay tantas cosas por las cuales protestar en este país y tanta gente interesada en hacerlo? ¿O hay otra explicación?
La causa de que las rejas estén ahí, con gente, sin gente, con protestas y sin ellas obedece a una necesidad de seguridad adicional de las autoridades, que no es tanto física, sino psicológica. Los titulares de los poderes del Estado tienen miedo del escándalo, de que ‘les metan un gol’, de que en cualquier momento ‘alguien’, ‘cualquiera’, interrumpa su calma funcional, que la gente los tome de rehenes y les impida salir en sus autos blindados o incomoden a sus guardaespaldas, por eso, prefieren evitarse la molestia tomando precauciones, molestando primero, obstaculizando primero, cercando primero.
Paradójicamente, las autoridades temen ser aisladas por manifestantes –reales o imaginarios- y para evitarlo, para protegerse, para seguir intocables, se aíslan a sí mismas.
Las rejas en los edificios de los Poderes de la Unión son la expresión de una fobia social, expresión de que sus titulares temen las acciones y reacciones de la gente, ‘de su impacto mediático’; las rejas son una medida preventiva de la disensión, tan visionaria que nunca se va, porque se sabe que, tarde o temprano, volverá a ser necesaria.
Las rejas –y los policías que suelen acompañarlas, no hay que perder de vista ese detalle- son una forma de represión simulada, de bajo impacto: sin motivo expreso, fundamento manifiesto ni orden escrita transgreden el espacio público, restringen la libertad de tránsito, modulan el ejercicio de la libertad de expresión y advierten a los transeúntes, a los manifestantes, a los ciudadanos.
Son un alarde de quién manda, sin necesidad de justificar por qué.
La causa de que las rejas estén ahí, con gente, sin gente, con protestas y sin ellas obedece a una necesidad de seguridad adicional de las autoridades, que no es tanto física, sino psicológica. Los titulares de los poderes del Estado tienen miedo del escándalo, de que ‘les metan un gol’, de que en cualquier momento ‘alguien’, ‘cualquiera’, interrumpa su calma funcional, que la gente los tome de rehenes y les impida salir en sus autos blindados o incomoden a sus guardaespaldas, por eso, prefieren evitarse la molestia tomando precauciones, molestando primero, obstaculizando primero, cercando primero.

Paradójicamente, las autoridades temen ser aisladas por manifestantes –reales o imaginarios- y para evitarlo, para protegerse, para seguir intocables, se aíslan a sí mismas.
Las rejas en los edificios de los Poderes de la Unión son la expresión de una fobia social, expresión de que sus titulares temen las acciones y reacciones de la gente, ‘de su impacto mediático’; las rejas son una medida preventiva de la disensión, tan visionaria que nunca se va, porque se sabe que, tarde o temprano, volverá a ser necesaria.
Las rejas –y los policías que suelen acompañarlas, no hay que perder de vista ese detalle- son una forma de represión simulada, de bajo impacto: sin motivo expreso, fundamento manifiesto ni orden escrita transgreden el espacio público, restringen la libertad de tránsito, modulan el ejercicio de la libertad de expresión y advierten a los transeúntes, a los manifestantes, a los ciudadanos.Son un alarde de quién manda, sin necesidad de justificar por qué.
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