jueves, 9 de julio de 2009

LAS REJAS (LA LEGITIMIDAD)

No las recuerdo en la infancia, en los desfiles de septiembre o las calles atestadas de diciembre. Y sin embargo, día tras día ahí están, como un recordatorio que contradice la memoria, como un mobiliario urbano más, que desentona.
Las rejas se han vuelto habituales, cotidianas como los puestos de jugos o periódicos, la gente va, anda, corre, viene, pasa junto a ellas cuando están apiladas, como con los puestos, pero a diferencia de éstos, no cumplen una función para la gente, sino en su contra, su función es estorbarlas, obstruirles el paso, arrearlas como ganado.
A veces se despliegan a todo lo largo y ancho del primer cuadro y aun más, cuando no, invariablemente están frente a Palacio Nacional y la Suprema Corte, ahí no se molestan en apearlas, diario están juntas en valla, la diferencia radica en cuándo hacen de muro y cuándo de embudo.
Tal vez sea injusto hablar así de las rejas, puede ser que a mucha gente no le importen, incluso a los que no frecuentan el Zócalo ni siquiera les afecten, o mejor aún, sepan de su existencia. Pero eso no cambia las cosas, no altera la razón de su presencia.
¿Por qué las rejas se han institucionalizado en el asiento de los Poderes del Estado, por qué disuaden el tránsito de las personas en torno a esos puntos neurálgicos, por qué restringen su acceso?
La respuesta más obvia sería que es en virtud de las protestas, pero las protestas no son diarias y las rejas sí. Entonces, ¿es por la amenaza inminente de protestas diarias? ¿Acaso hay tantas cosas por las cuales protestar en este país y tanta gente interesada en hacerlo? ¿O hay otra explicación?
La causa de que las rejas estén ahí, con gente, sin gente, con protestas y sin ellas obedece a una necesidad de seguridad adicional de las autoridades, que no es tanto física, sino psicológica. Los titulares de los poderes del Estado tienen miedo del escándalo, de que ‘les metan un gol’, de que en cualquier momento ‘alguien’, ‘cualquiera’, interrumpa su calma funcional, que la gente los tome de rehenes y les impida salir en sus autos blindados o incomoden a sus guardaespaldas, por eso, prefieren evitarse la molestia tomando precauciones, molestando primero, obstaculizando primero, cercando primero.
Paradójicamente, las autoridades temen ser aisladas por manifestantes –reales o imaginarios- y para evitarlo, para protegerse, para seguir intocables, se aíslan a sí mismas.
Las rejas en los edificios de los Poderes de la Unión son la expresión de una fobia social, expresión de que sus titulares temen las acciones y reacciones de la gente, ‘de su impacto mediático’; las rejas son una medida preventiva de la disensión, tan visionaria que nunca se va, porque se sabe que, tarde o temprano, volverá a ser necesaria. Las rejas –y los policías que suelen acompañarlas, no hay que perder de vista ese detalle- son una forma de represión simulada, de bajo impacto: sin motivo expreso, fundamento manifiesto ni orden escrita transgreden el espacio público, restringen la libertad de tránsito, modulan el ejercicio de la libertad de expresión y advierten a los transeúntes, a los manifestantes, a los ciudadanos.
Son un alarde de quién manda, sin necesidad de justificar por qué.

No hay comentarios:

Publicar un comentario